La cabina del avión



Sentía que los pulmones no le daban más  por correr tanto, las lágrimas corrían por su rostro. La aeromoza le señaló que hiciera un alto con una sonrisa.

-Su pasaporte y pasaje para abordar

Buscó torpemente entre la bolsa. ¿Dónde estaban? Estaba segura que su mamá se los había entregado antes de montar al auto que conducía el chofer, Ramón, antes de llevarlas al aeropuerto.

-Es por si nos separamos

Siempre estaban de prisa. ¿Un mes, dos meses? Se sentía que llevaban más tiempo que el que había en realidad transcurrido. No había podido dormir bien, las cosas de ayer se confundían con las de hace una semana. Todo había comenzado cuando su papá había recibido la llamada del sobrino de su mamá.

-¿Tio Carlitos? Tiene que largarse del país antes del 23, le tocó los huevos al león y acá andan viendo quien la paga. Usted está en la lista negra. No lo van a secuestrar y torturar como le hicieron a Julio, lo van a matar de la peor forma que se les ocurra.

Su papá parecía estar prendido del teléfono durante todo el día. El teléfono sonaba sin cesar. Ella había respondido una llamada antes de que se volvieran comunes, estaba esperando que le hablara su primer novio. La voz del otro lado estaba alterada con algo para que no se reconociera. Había una seriedad que le erizó los pelos. La voz le prometió que la iban a violar y luego la iban a destazar. Motagua tu tumba. Recordó las clases de historia de cómo en los 1600 las barcas españolas navegaban hasta el puerto de Río Hondo. Conocía la amenaza por las noticias, de como partes de seres humanos aparecían en las orillas. Comunistas o cómplices de comunistas. Si el río suena es porque lleva piedras. Lo que realmente le había asustado es que el hombre conocía su nombre, Yolani,  que lo había repetido tantas veces como pudo en la conversación, alargando el “laaaaaan” de una forma que parecía obsceno. Todos en casa recibieron un mensaje similar. Papa había desconectado los teléfonos de la casa y solo conectaba el que estaba en su estudio para arreglar los asuntos de sus partidas.

Su tío, Fidelito, que había hecho la llamada de la advertencia, había dicho la verdad. Su papá había logrado salir por varios artilugios antes del 23 de mayo de Guatemala. El día 24 los periódicos habían reportado que un hombre había aparecido muerto y con señales de tortura, los reportajes eran gráficos, un alambre atravesaba su cuerpo desnudo desde su ano hasta su boca  y lo colgaba en lo alto del alambrado eléctrico, sus genitales habían sido cortados y puestos en su boca. El cuerpo estaba tan alto que se necesitó de un camión de bomberos para bajarlo. Cuando leyó su nombre sintió escalofríos en su cuerpo “Carlos Soto, médico” un homónimo de su papá.

Las cosas en su bolsa estaban desordenadas, todo en su vida era un desorden.
Luego de pasar la revisión de aduanas, había aparecido un grupo de hombres bajos, gordos, en sacos que les quedaban mal y con sonrisas de dientes de oro. Las habían intentado detener habían agarrado a su mama y la habían querido llevar a un cuarto. Ambas se resistían y gritaban pidiendo ayuda. Ella había logrado aprovechar un momento de descuido de los hombres que las detenían con tal fuerza que le lastimaban el brazo. Se pusieron a discutir entre ellos y cuando sintió menos presión en su brazo fingió moverse para un lado pero corrió hacia el otro. Era muy buena para correr en el colegio. Miro hacia atrás y vio que su mamá la había ayudado, jalaba al hombre que la había detenido mientras la gente paraba a ver que era el desorden que estaba sucediendo. Le gritó que no dejara de correr hasta que estuviera dentro del avión.

-Tu papá te va a estar esperando en el aeropuerto de México. ¡Dile a Carlitos que lo amo!

Fue las últimas palabras que escuchó mientras las lágrimas comenzaban a nublar la vista.

En un lado del desorden de la bolsa encontró su pasaporte y el pasaje de abordaje. al mirar hacía abajo se dió cuenta que le hacía falta un zapato. Agarro a la aeromoza de los brazos y comenzó a llorar mientras gritaba

-No nos podemos ir, el avión no puede despegar. Tienen a mi mama! Se llama Odilia, ella tiene pasaje como yo, ella ya lo pago, no nos podemos ir.

La aeromoza la vio con cara de preocupación pero aparentaba ser amable

-Estarás más segura dentro del avión. Te llevo a tu asiento. allí estarás más segura- 

-¡Por favor señorita, no nos podemos ir sin mi mamá por el amor de Dios!

¿Quieres algo de tomar? Te puedo traer un vaso de agua, o prefieres uno de leche

La idea de tomar leche casi le hace romper en risa. No era adulta para nada, pero a sus 16 años era más alta que la mayoría de mujeres adultas en el país. Ya llevaba todo el año de esta en fiestas, tomaba cerveza, licor y cuando podía se llevaba las botellas que estaban en el ba de su papá para las fiestas con sus amigas. ¿Qué amigas? Ya no tendría amigas, tendría que comenzar de cero en México. No, ya no tomaba leche desde hace años. Recordó a su hermana mayor, también llamada Odilia, pero que todos llamaban Odilí para no confundirla con mamá. Odilí habría tenido la edad que ella tenía ahora cuando su novio la llegaba a visitar a la casa, mientras esperaba a que llegara su hermana, el novio de su hermana jugaba con ella, le hacía adivinanzas y le preguntaba por su día, le tenía un apodo que no le gustaba, “Borolas”. Cuando llegaba Odilí, ésta le hacía una cara que le daba ganas de salir corriendo del terror, pero Odilí la necesitaba. Sin faltar una sola vez, cuando el reloj marcaba las 6, su mamá le envíaba un vaso de leche a Odilí mientras ella conversaba con su novio en la sala. Al principio Odilí se moría de vergüenza, pero había encontrado la forma de escapar, había llegado a un acuerdo de que Yolani se tomara la leche antes de que la señorita la llevara a la sala. Aun así, cuando su hermana bajaba las gradas y media hora antes de la leche, salía corriendo hacia arriba, por el temor que le tenía.
-Señorita, la leche
-No, deme una cerveza
-¿Una cerveza?
Las lágrimas se habían secado en su cara así que miro a la azafata lo más seria que pudo
-Una cerveza

La azafata fue a buscar la cerveza y se alejó.

Odilí se había casado con Julio y tenían dos hijos, y según había oído de las pláticas que espiaba a su mamá, estaba embarazada con un tercero. Ellos eran la razón de este problema, o ¿Era algo inevitable?  Su papá, Carlos, había estado metido en la política desde que ella tenía uso de la razón. Él había sido uno de los fundadores de la Democracia Cristiana en Guatemala y uno de los asesores políticos principales de Efraín Ríos Montt, el último candidato en las elecciones pasadas en las cuales había oído que había ocurrido fraude y que le habían pagado al candidato para que accediera a decir que había perdido. Su papá había sido decano de la facultad de medicina y Julio había sido parte de la asamblea estudiantil que había participado en la reestructuración de la Universidad nacional. La violencia política había incrementado de forma que hasta ella se había dado cuenta. Siempre oía en las discusiones de los adultos nombres de secuestrados, torturados y muertos. Su papá había dejado la política después de el fraude y había regresado a su práctica profesional como doctor. Su cuñado Julio había estado postulándose como candidato a decano en las próximas elecciones de la universidad nacional, pero se había retirado de la contienda. Todo era peligroso. Cualquiera era llamado comunista y eso era suficiente razón para que te llevara el ejército y que desaparecieras de la faz de la tierra. Todos sabían esto, hasta sus compañeros de colegio.

Unas semanas después de retirar su candidatura y quemar todo el material de campaña, Julio había sido secuestrado por el Ejército de Guatemala. Había salido a dejar a su mamá, Doña Elena, que en ese entonces tendría unos 60 años, a su trabajo en el IGSS y a sus hijos al colegio. Un camión con unos 10 soldados y sin placas había chocado contra su carro. Julio les había dicho a todos que se mantuvieran dentro. Una vez afuera del auto hablo con el piloto del camión. Mientras hablaba bajaron los soldados y uno de ellos le había golpeado la cabeza con la culata de su rifle. En ese momento, cuando su hijo se desplomó, doña Elena salió del automóvil y otro soldado la golpeó con la culata, Ella se protegió con sus brazos, pero le quebraron uno. Los soldados cubrieron la cara de Julio y lo subieron al camión. Uno de sus hijos había salido corriendo tras él. El camión se perdió en las calles de la colonia. En el piso habían quedado tirados algunos papeles del ejército mencionando a Julio como colaborador de comunistas.  Doña Elena recogió los papeles con su brazo que no estaba lastimado y había juntado a los niños mientras lloraban sin parar. Habían regresado caminando las dos cuadras a la casa.

Cuando Doña Elena le había contado lo sucedido a Odilí, ella llamó a su papá. El llamó a todas las personas que conocía de sus días como político. Nadie se ofreció a ayudar, unos le dijeron que lo dejaran ser, para esas horas estaría muerto. Nadie regresaba de un secuestro del ejército.

Mientras ella estaba en clases, la secretaría la había llegado a traer. Le dijo que había una emergencia y su mamá estaba ahí para recogerla. Cuando Yolani y su mamá llegaron a la casa de Odilí y Julio, estaban todos los hermanos y algunos primos. También había llegado el Jefe de Julio que estaba casado con una prima de Yolani. El les recordó a todos que Julio había nacido en Estados Unidos, Julio era ciudadano americano.

Esto había disparado una serie de eventos. La prima de su papá, Rosita, trabajaba en la oficina del agregado cultural de Estados Unidos. Papá la llamó inmediatamente. 

-Carlitos, venite ya, oí hablar a algunos compañeros de trabajo y parece que hay un general gringo muy importante que acaba de venir de estados unidos a la embajada

Papá había salido hacia la embajada donde Rosita lo había recibido. Ella les explicaba a las personas de la embajada lo que había pasado, pero nadie sabía con quien hablar. El General llegó saludar al agregado cultural. Su papá había empujado a todos y había pedido ayuda al general. El personal de la embajada le había traducido al general lo que su papá estaba diciendo con desesperación.

¡Acaban de secuestrar a un ciudadano americano! ¡El ejército lo secuestró! ¡Si no hacen nada lo van a matar!

El general mostró una cara de disgusto. le gritó a alguien que lo acompañaba. Luego le habían traducido a su papá de que el general estaba indignado que eso había pasado mienta él estaba allí y que hablaran con el personal de inteligencia para arreglar esta “tormenta de mierda”.

Le informaron al general que si tenían a Julio. Preguntó si estaba vivo o muerto. Vivo. Lo tenían que soltar inmediatamente.

Le explicaron a su papá de que Julio seguía vivo, que no estaba en buen estado pero que regresara a casa a estar con su hija. Pronto llegaría de vuelta.

Años después se enteraron que el general tan importante que estaba en la embajada de Estados Unidos se llamaba Vernon Walters, el general era cercano con el Presidente Reagan y había sido nombrado por él como un Embajador ambulante, encargado de arreglar las relaciones con los países aliados para poder derrotar al comunismo. Guatemala había sido sancionada por el congreso de Estado Unidos por violaciones a los derechos humanos. Walters estaba ahí para ver como arreglar la situación. El secuestro había terminado con cualquier oportunidad.

Su papá había regresado a la casa de Odilí y había relatado a todos lo sucedido en la embajada. Yolani se sentía desubicada, era tan irreal lo que había pasado. Esas cosas no sucedían en familias como la de ella. En lo que todos le hacían preguntas a su papá, ella se escapó paa fumar un cigarrillo en el jardín. A lo lejos oyó que sonaba el tmbre. salió corriendo a ver que pasaba.

-Julio
-Es Julio
- ¡Gracias a Dios!

Entre los que lo ayudaban a caminar  había logrado verle. Su cara estaba tan hinchada que parecía que llevaba puesta una máscara, en su cabeza hacían falta pelos, su rostro era una mezcla de rojo con sangre y moretones azules y verdes. Julio empujo a los que estaban tratando de ayudarle y había vomitado sangre. Yolani no pudo contenerse y comenzó a llorar.

Unas semanas después de eso, la embajada había sacado a Julio de Guatemala y otras semanas después, su hermana y sus hijos montaron un avión para acompañarle.

Yolani se preguntaba cómo había podido pasarle esto a ellos. Todas las conexiones políticas de su papá. El sobrino de su mamá que trabajaba en la secretaría de la presidencia. Su papa estaba emparentado con una de las familias más ricas del país. Yolani no lo sabía, pero estas cosas les habían comprado suficiente tiempo para tratar de salir del país con vida. Lo que había sucedido había afectado al gobierno y al ejército de tal forma que nadie que había participado tenía mucho tiempo para vivir.

Su papá había conseguido pasaje seguro a México, Él había vivido ahí mientras sacaba su especialización de cardiólogo y tenía suficientes amistades que le ayudaron.

Sintió un nudo en su garganta, ya no volvería a ver a todas las personas que conocía y quería, ya no estaba su mamá y le hacía falta un zapato.

Oyó una conmoción que venía de  la puerta de abordaje del avión. Las azafatas parecían estar luchando para mantener la puerta abierta.

Yolani salió en dirección de la puerta gritando

-No cierren la puerta, no nos podemos ir. tienen a mi… Mamá mamá. alguien que la ayude por favor!

Vio a los hombres gordos jalandola, unos la jalaban del pelo y otros le habían rasgado su blusa, Su mamá había entrado al avión y la azafata la jalaba con sus dos brazos. los hombres estaban dentro del avión. Su mamá se había agarrado de una parte del avión y no se soltaba. Su mamá era alta y tan fuerte como ella. Eran demasiados los hombres, eran demasiado fuertes, pronto la vencerían y se la llevarían de nuevo. Yolani gritaba que la dejaran ir.

La puerta de la cabina del avión se abrió y salió el piloto del avión. El hombre se puso en medio de su mama y de los hombres que tenían dientes de oro.

-Ustedes, dejan ahorita mismo a la señora y se bajan del avión. Esta es propiedad del gobierno Mexicano.
Los hombres parecían confundidos y no sabían que hacer.

¡Ustedes salen del avión ahora mismo! insistió el piloto. Los hombres salieron del avión y el piloto cerró la puerta de abordaje.

Ella corrió hacia su mama y la abrazó mientras lloraba. Su mamá la besaba en la cabeza. Le decía que todo estaba bien. Entre los abrazos y besos agacho la cabeza y vio al piso del avión los pies de su mamá estaban desnudos. Le hacían falta sus dos zapatos. Entre las lágrimas comenzó a reír.

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